San Esteban, cuando lo apedreaba el pueblo judío en su terrible cólera, vió ya abiertas las puertas del paraíso y gritaba y cantaba de alegría. Apedreaban su pobre cuerpo; pero para él era como si todos aquellos asesinos, que en su ciego furor pensaban herirle, sólo abrieran agujeros en el vestido que le habían quitado.
Fuente: Los Nibelungos
Christian Friedrich Hebbel
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