viernes, 20 de abril de 2012

Joan Pujol
















"...Y hoy no se va a hablar aquí de ninguna doncella o viuda desamparada, de una mujer cuya vida privada se saque a la luz, sino de un ser venenoso que ni siquiera es de nuestra sangre ni de nuestra raza; de un engendro cuyo sexo importa poco en relación con la magnitud del mal que nos ha hecho y de la multiplicidad de sus actividades dañinas. En la vida pública no hay más que hombres públicos, cualquiera que sea su sexo. Y doña Margarita Nelken, diputado, agitador comunista, agente a sueldo de Moscú, es un hombre público. Pocos habrán ejercido en estos últimos tiempos influencia más nefasta. En la galería de monstruos de nuestra historia contemporánea, tiene un puesto señalado por propio derecho.
 

Pues doña Margarita Nelken -esa virgen loca del comunismo- me ha hecho el honor de ocuparse de mi persona en una de sus peroratas radiadas desde el frente rojo. Mejor dicho, ha hecho alusión a mi memoria para injuriarla, dando por cierto que sus amigos me habían asesinado y que mis pobres huesos de cristiano viejo estaban ya pudriendo tierra. Siento tener que desmentirla aunque se trate, digásmoslo así, de una dama: no he muerto aún, por lo menos hasta la hora de escribir estas líneas. Y espero vivir lo suficiente para verla emigrar llevándose lo que pueda de esta tierra de promisión, o caída en poder de nuestras tropas, encerrada en una jaula y exhibida entre las alimañas exóticas de la colección de fieras del Retiro."
Antes de que la guerra empezara, hace años, esta inmigrante judía me inspiraba profunda repulsión. 


Mientras algún amigo, que pensaba lo mismo que yo, la saludaba finamente el los pasillos del Congreso, yo le volvía la espalda por una especie de repugnancia física.
 

-No hay que ser así- me decían.
 

-¿Qué quieres que haga ? Soy delicado de olfato.
 

-Pero no se puede vivir en esa forma agresiva. Esta individua es una intrigante. Tiene ademas la indiscutible superioridad de su condición femenina que le permite insultar sin réplica posible. Un día te va a decir alguna atrocidad. ¿Y cómo vas a contestarla?
 

En efecto, consciente de hallarse en un país de caballeros, la infame usaba y abusaba de su capacidad de injuriar, para lo que tenía la facundia de una habitual del Puerto Viejo de Marsella. Uno de los más grandes españoles de nuestro tiempo -el general Sanjurjo- palidecía silenciosamente de cólera al recuerdo de esta inmunda aventurera. Y así, hasta las gentes a quienes parecía despreciable, no por sus devaneos pecaminosos, de los que ha dejado huella en varios Juzgados de Madrid., sino por su condición perversa, evitan enojarla imaginando que un bicho de esa índole podía ser sensible a la cortesía. Pero yo no he tomado nunca la vida pública a broma. Cuando las Cortes Constituyentes- manifestaba en la prensa mi opinión de que los socialistas y sus cómplices constituían una banda de criminales, era porque así lo creía.
 

Me hubiera avergonzado andar luego en el Parlamento dándoles la mano, dialogando, "conviviendo" con ellos. Procedía conforme a lo que decía, y decía lo que sinceramente pensaba. Y por lo mismo no saludé jamás a la patulea de malvados que iban a hacer lo que ha hecho en nuestro país. Incluso a los que conocía de antiguo, como Azaña, Barcia y otros a quienes había tratado en el Ateneo de Madrid les negué francamente el saludo, situándome en enemigo leal y dejándome de ese sistema de palmaditas en el hombro y de las sonrisas entre camaradas a que tanto se propendía en el Congreso. Y entre los seres más sordidos, cuya sola presencia era un baldón de ignominia para nuestra patria, figuraba en primer lugar la indesable -en todos los sentidos de la palabra- dispuesta a todos los crímenes y a todas las aberraciones, capaz de todas las hazañas menos la de lavarse con frecuencia. Me parecía vejatorio que esta extranjera despreciable hubiera venido a envenenar nuestro país, a ofender a nuestras mujeres, a vilipendiar a nuestros mayores prestigios, a burlarse de nuestra bandera, sirviendo los designios de su raza israelita.
 

Que la hospitalidad generosa de España -ofrecida cordialmente a su tribu hambrienta de buhoneros- se pagase así, y que hubiera masas de españoles dispuestos a colaborar en tal abyección, me indignaba profundamente.
 

La glorificación de esta judía roja de importación, me humillaba en mi condición de español, como humillaba a los alemanes la presencia de la odiosa Rosa Luxemburgo, judía también, justicieramente muerta por el plomo de los patriotas.
 

Era como una marca infamante, como un sello de dominio que la judería harapienta centroeuropea había logrado imponernos por medio de esta digna representante suya." Y lo peor es que la fétida intrigante no tenía gracia ni talento. Lo mismo en sus discursos que en sus prosas periodísticas es de una pesadez abrumadora.
 

"...Al principio había logrado introducirse en las redacciones a fuerza de audacia y también manejando un instrumento personal distinto de la pluma, que en ciertos caracteres femeninos tiene casi la misma eficacia que un hacha de abordaje. Luego, cuando pasaron los años y se desvanecieron sus relativos encantos, viendo la ocasión de trepar se sumó a la tropa demagógica y actúo con una osadía que iba creciendo en relación directa con su impunidad, ante el estupor que hasta los espíritus menos sujetos a convencionalismos producían su maldad y su cinismo.
 

"...Y a medida que se convencía de su impunidad aumentaba su actividad criminal y se exacerbaba su procacidad. Los medios de que se valía para excitar a las ignorantes multitudes viriles de Extremadura entran de lleno en la zona de la patologia sexual. Serpiente con faldas, como ciertos peces del mar de la China, vagabunda sin patria y sin Dios, lo mismo había adulado a la Dictadura y escrito artículos modosos en Blanco y Negro, que envenenaba e inducía al asesinato a sus secuaces rurales y que hubiera traficado en drogas tóxicas o en carne humana..." Y al mismo tiempo que que halagaba las peores pasiones de la plebe, satisfacía un rencor inconfesable que sentía contra las mujeres de nuestra tierra.
 

Las odiaba por su virtud, por sus cualidades morales, por ese sentido trascendente , de la vida que tiene en la última aldea la viejecita más humilde en comunicación mediante plegaria con la potencia divina que rige el universo. Las muchachas elegantes de la sociedad de Madrid -mundo un poco frívolo, pero que constituye un ornamento necesario en toda sociedad plenamente civilizada- la enfurecían. Como buena judía, es una cursi de nacimiento. La judía puede ir vestida ricamente, cubierta de sedas, y de pieles y de joyas: es cursi sin remedio. En ese ambiente de la gente de pluma y de teatro de París que ha frecuentado algo abundan las judías. Los chapeos más llamativos, los vestidos de un verde más tropical, las toilettes más estrafalarias, los peinados con rizos y perendengues que les dan un aire de odaliscas de "maison close", los llevan siempre las judías. Y doña Margarita no desmiente a su raza. Es de esas mujeres en cuya compañía no se puede atravesar el hall de un hotel bien frecuentado sin sentirse vagamente molesto. Fuera por eso o por otros fracasos sentimentales -esos fracasos que se traducen en desvíos masculinos después de la primera entrevista- ha debido sufrir en el Madrid adorable de la belleza y la gracia femeninas muchas humillaciones...
 

Y en los asientos que han sido víctimas muchas de ellas, en los actos de crueldad y de sadismo, en las lágrimas de las bellas y santas mujeres españolas, la parte principal, la parte de inducción, ha sido de este monstruo haldudo. Que ahora se irá a Rusia saboreando el recuerdo de sus crímenes, rica de dinero y de venganza, llena a la vez de brillantes robados y de insectos parasitarios."
 


Fuente: Articulo publicado en el Periodico ABC, de Sevilla. el 19 de febrero de 1939.


Joan Pujol García


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